Hoy había quedado con Lucia para comer, la ultima vez que
nos vimos terminamos en mi casa follando, siempre nos pasa igual, que le vamos
a hacer. Hoy la idea no era esa no. Tenía algo que contarme, la verdad es que
desde la última vez que nos vimos no habíamos ni hablado por teléfono, ni
facebook ni nada, bueno yo no le cogí el móvil en un par de ocasiones, así que
pensé que quería verme por eso. Me mandó ayer un mensaje, < ¿te viene bien
si comemos mañana? > y he aceptado.
He pasado a recogerla a la una y media, ella tiene una
tienda de consumibles de informática, le va regular, pero vive de ello. No
estaba enfadada, me alegro, y lo que tenia que contarme no era nada especial,
que se aburre, que la gente la vuelve loca, que su ex la persigue y le dice mil
perrerías, que ahora su madre no le habla yo que se porque. Lleva un escote
bárbaro, y unos pantalones ajustados, no esta demasiado buena pero me excita
una exageración. Pierdo el hilo de su conversación, mientras bebemos cerveza de
la botella, un par de tercios, me mira y se ríe, “no me haces ni puto caso,
eres un cabrón”, no reina son tus tetas, tus labios, y ese coño depilado que no
puedo dejar de pensar en el. Me coge de la mano, antes ha pagado la cuenta, yo
me quejo pero no hago amago de sacar un céntimo de mi cartera. Ya se donde
vamos.
Estoy empalmado, voy a su lado, contento, con ganas de
llegar a su tienda, entrar, cerrar la puerta y acostarnos en aquella camilla
extraña que tiene en la trastienda. Ella siempre lleva algo sexy, le gustan los
bodys, hoy lleva uno rosa, esta preciosa. Nos besamos, me encanta su forma de
besar, es como si te diera un masaje con sus labios, podría besarla durante
horas, durante días, durante años, me quedaría a vivir en sus labios.
De pronto, mi excitación baja, ya no la tengo dura, no se
que me pasa, joder, estoy desnudo frente a ella y con mi polla flácida, que
asco coño, pero a ella no parece importarle mucho, se separa de mi lado, se
pone de pie y con una sonrisa en su rostro me dice “tengo el remedio
antigatillazo” se va a un rincón y vuelve con una especie de arnés que lleva
uno de esos consoladores de plástico. Su sonrisa no se va de su rostro, me ayuda a ponérmelo, yo estoy alucinando.
Hacemos el amor con ese aparato, ella disfruta como una loca, pero yo también,
esta tía cada día me sorprende más, “tú no me dejas en blanco, hoy no”. Pues no
la verdad que no, hacia tiempo que no la oía gemir así. Y es todo mérito de un
puto aparatito.