Tropecé y caí de bruces entre sus muslos, su coño era como
un nuevo planeta, yo no quería levantarme pero unas manos me acariciaron la
cabeza.
"Levántate cariño, ya seguirás otro día" mi cara
debía ser la del tío más tonto y más feliz de la tierra, ¿o...o...otro di...di...día?
Nunca olvidaré aquella clase de los planetas, creo que desde
entonces soy como soy, divino sistema solar.
Aquel día mi vida cambio, era un niño muy niño, y tropecé al
llegar junto a la mesa de la profesora, ella llevaba una falda corta y no llevaba bragas, y no se como hice pero mi cara se clavo en su sexo. Allí estaba,
oliéndolo, sintiendo el roce de sus pelos en mi nariz. No me moví hasta que ella,
muy delicadamente me apartó, me miró y me sonrió, “ya seguirás otro día”, pero ¿cómo otro día? ¿Seguir dónde? Debía
referirse a mi exposición de los planetas en la pizarra claro, pero yo no sabía
bien, estaba confundido, sonrojado, asustado, perdido, los compañeros se reían,
y yo me tocaba la nariz y seguía oliéndolo.
¿Por qué no llevaba bragas? Nunca lo comprendí. Estábamos en
clase, ella estaba rodeada de niños pequeños, así que eso no podía excitarla.
Lo más probable es que algún otro profesor se las hubiera quitado, las llevaría
en su bolsillo, como un recuerdo, como una conquista, como un trofeo.
Soledad era una mujer preciosa, o eso nos parecía a todos
los niñatos de su clase, estaba buenísima, morena, alta, digo yo, y con un
cuerpo de vértigo. Aquel día me enamoré.
Y con el tiempo le
cogí gustillo al asunto, comer potorros es mi pasión, no puedo remediarlo, me
los comería hasta que se me cuartearan las comisuras de los labios. Cada vez
que lo consigo, que no es muy a menudo, me acuerdo del sistema solar, de
Soledad, y de aquel olor imborrable. Cosas de niños.